Historia de un Lechero

Era de mañana en el mes de septiembre. El río crecido, los caminos lodosos y el campo lleno de rocío.

Las ocupaciones en el pueblo giraban como el tiempo. Siendo época de lluvias los que tenían vacas madrugaban para ordeñar porque la costumbre dicta que la leche debe llegar temprano a las casas para el almuerzo o para hacer la cuajada.

Don Leo era de esos viejos acostumbrados tanto a su trabajo que ni la lluvia ni el río crecido, ni el frío de la madrugada le impedían cumplir con el rito cotidiano de ensillar el caballo, colgar los picheles en el cabezal de la silla y dirigirse hasta el corral de las vacas.

Con su pantalón arremangado y sin huaraches se metía al frío lodazal del corral para ordeñar las vacas mientras su ayudante se encarga de “colgar” los becerros. La entrega de la leche era un compromiso durante la época de la ordeña y don Leo lo cumplía al pie de la letra. Cuando el sol empezaba a alumbrar el día don Leo ya venía de regreso con los picheles rebosantes de leche tibia. No es que fuera su costumbre terminar a llenar los picheles con el agua del río porque la leche que él entregaba era la preferida del pueblo por la pulcritud del ordeñador, pero el caso fue que muy esa mañana se dio la circunstancia de que su vecino Rosendo había salido tarde para realizar las mismas tareas y como si lo hubieran acordado, se encontraron mero en el paso del río. De por si don Leo no andaba bien de los oídos y con el rumor del río escuchaba menos.

Si no reparó el que Rosendo se acercaba para saludarlo era porque en ese momento estaba agachado rellenando precisamente el pichel con agua del río. Rosendo dice que quizás porque iba distraído ni había puesto cuidado en lo que don Leo hacía y nadamás se limitó a saludarlo con el respeto debido.

No fue la sorpresa de Don Leo agudizada por el rumor de la corriente del río, lo demás la reacción de quién se siente descubierto.

¡Buenos días don Leo!, saludó Rosendo.

¡Y a ti qué chingados te importa, si tu ni me compras!, respondió enojado Don Leo creyéndose descubierto.

Cuando Rosendo lo platicó dijo que ni siquiera había reparado en lo que Don Leo hacía en el río sino hasta que escuchó la respuesta a su saludo.

Texto de: Silvestre Pacheco León

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